Arquitectura y coches viejos

Columna de EL INFORMADOR "LA CIUDAD Y LOS DÍAS"

Es algo muy curioso. La gente tiende a abrigar cierta reverencia por los coches viejos. Los admiran, les traen recuerdos, les hacen mucha ilusión. Los cuidan. Sus dueños están orgullosos de ellos. Deben soñar con ir a La Habana, en donde pululan los viejos modelos. Los coches, signo de los tiempos, para bien y más bien para mal, ocupan un lugar destacado en las preferencias de amplias capas de la población. Como si esos artefactos rodantes contuvieran y transportaran muchas de las aspiraciones de la gente. Y cuando están viejos (“antiguos”), toda esa gente les rinde pleitesía.





Es cierto que la observación, por ejemplo, de un Studebaker 1954 es interesante y hasta divertida. Los devaneos del diseño automotor a lo largo de las décadas revelan mucho del “aire de los tiempos”, del zeitgeist, pues. Pero eso sí, invariablemente, el aprecio por un coche de época corre parejo con la originalidad de su estado. Los dueños y coleccionistas se desviven por encontrar las partes originales para completar sus restauraciones, y con frecuencia recorren cielo y tierra para conseguir un emblema o una moldura. Nadie se imagina –vaya sacrilegio- que va a adaptarle un radiador de Chrysler reciente a un Jaguar XKE 1962, o que le va a plantarle unos flamantes rines cromados a un Cadillac 1937 (como el del Padre Hernández Prieto, S.J.).


Es cierto que la observación, por ejemplo, de un Studebaker 1954 es interesante y hasta divertida. Los devaneos del diseño automotor a lo largo de las décadas revelan mucho del “aire de los tiempos”, del zeitgeist, pues. Pero eso sí, invariablemente, el aprecio por un coche de época corre parejo con la originalidad de su estado. Los dueños y coleccionistas se desviven por encontrar las partes originales para completar sus restauraciones, y con frecuencia recorren cielo y tierra para conseguir un emblema o una moldura. Nadie se imagina –vaya sacrilegio- que va a adaptarle un radiador de Chrysler reciente a un Jaguar XKE 1962, o que le va a plantarle unos flamantes rines cromados a un Cadillac 1937 (como el del Padre Hernández Prieto, S.J.).

Y, así, hemos visto como se echan a perder centenares y centenares de edificaciones valiosas en pos de una inepta “actualización”. Un ejemplo de punta es el edificio de la rectoría del Tecnológico de la Universidad de Guadalajara al que dicha universidad dejó convertido en una especie de macrovideocentro “posmoderno” y ochentero (sobre el Bulevar a San Pedro Tlaquepaque). Y así hay miles de casas de época que ahora soportan enjarres gordos, recubrimientos cursis, ventanería de aluminio dorado, molduras diversas, cemento para estacionamientos en vez de jardines, vidrios polarizados y toda la parafernalia de la tontería. Es como si a un buen Lincoln 1957 o a un Plymouth 1946 le pusieran, sus propietarios, todo lo anterior, pero reforzado.


La “cultura” automotriz está mucho más extendida entre nosotros que la cultura arquitectónica. Mientas que la primera tiene un limitado impacto sobre el devenir patrimonial e histórico de la comunidad, la segunda constituye un elemento crucial. Ante esta situación sólo puede valer la educación. Y que encomiables grupos de Facebook como la Sociedad Histórica Cultural y Patrimonial o Imágenes Históricas de Guadalajara ayuden a justipreciar toda la arquitectura valiosa, además de apreciar, fotografiar y visitar la que va del último eclecticismo y la Escuela Tapatía (los treintas) para atrás. El funcionalismo arquitectónico, y sus derivados, guardan también importantes testimonios y riquezas culturales.

Qué bueno que a la gente le gusten los coches viejos. Ojalá sucediera lo mismo con la arquitectura también de época: es necesario para nuestro patrimonio.


Escrito por: Juan Palomar Verea, jpalomar@informador.com.mx

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