El oficio de ser arquitecto

Actualizado: 19 may

Por Jesús Armando Tovar Rendón* ilustrado por Rosario Gutiérrez** FundarqMX***



Rosario Gutiérrez. (2022) OFARQ I [Ilustración], Recuperada el 18 de mayo de 2022.


Es difícil entender a un arquitecto y más difícil pertenecer a su gremio. Recuerdo que cuando decidí estudiar la carrera fue por mi facilidad para dibujar, pero en esa época no entendía nada de lo que vendría tiempo después en mi vida. Estudiar para ser arquitecto es otra cosa. Es una carrera para valientes. Por fortuna con el paso de los años y gracias a la avalancha de proyectos profesionales fui aprendiendo poco a poco. A veces acertando y otras veces errando. Todas las habilidades necesarias de la profesión las fui adquiriendo con estudio y otras a golpe y porrazo, con regaños, con críticas agrias, con sarcasmos y hasta con lágrimas. Hoy los alumnos no quieren que sus profesores los toquen ni con la pluma de un ave. Para mejorar a veces necesitamos que nos regañen constantemente y eso a nadie le gusta. En la vida así son las cosas: muchas veces uno se encuentra en la orilla de la alberca y la mano sorpresiva de alguien nos empuja a nadar. Luego, ya en el agua, solamente nos queda patalear para no ahogarnos.



Rosario Gutiérrez. (2022) OFARQ II [Ilustración], Recuperada el 18 de mayo de 2022.


Los arquitectos pasamos por un proceso de formación que es una verdadera prueba de sangre y de fuego. Recuerdo que lloraba sobre mi restirador desesperado por no poder salir con mis amigos y quedarme muchas noches para hacer maquetas y planos cada tercer día durante los cinco años en la universidad. Tuve que adquirir una verdadera cultura de trabajo, cultura que hoy ha venido a menos por muchas razones, sobre todo porque vivimos en un mundo con muchos distractores. Me entristecía por no tener vida social y ese fue el precio que debí pagar a mis veinte, aunque luego me desquité con creces. Fue una época en la que la arquitectura fue mi novia, mi confidente, mi chaperona. Soñaba arquitectura, comía arquitectura, leía arquitectura, sudaba arquitectura. Sólo el trabajo era mi terapia y mi distracción. Trabajo excesivo y agotamiento físico además del mental. También fue hambre y amor por la excelencia. Corría el año de 1993 y la tecnología de los renders y los softwares de vanguardia todavía no invadía el mundo de la arquitectura. Todo era hecho a mano y con mucha pasión. La clave de todo era trabajar y aprender sobre la marcha. No lo sabía, pero aprendía un oficio, una forma de vida.


Mi carrera no es como otras en donde solamente es necesario estudiar y si no lo hacemos podemos aprobar el examen o el semestre por pura casualidad; en la arquitectura siempre se debe mostrar el trabajo realizado y explicarlo al detalle, venderlo y, sobre todo, apasionar. Esto último se me daba mucho ya que siempre he sido un cursi. Sé que lo anterior puede sonar poético, pero más que poético fue para mí, muchas veces, una experiencia desgarradora, desgastante. La carrera fue como estar condenado a cinco años de trabajos forzados. Siempre me gustó hacer las cosas bien, pero ser un buen alumno en esta carrera convierte al aspirante en loco obsesivo, loco compulsivo y a veces hasta en sicópata. En el fondo deseaba que los profesores me exigieran o me criticaran ya que eso hacía que de mi interior saliera lo mejor, una arquitectura en formación, chispeante, candente, un verdadero volcán a punto de hacer erupción. Vivía una juventud en efervescencia.


Los grandes arquitectos están un poco chiflados y siempre había querido ser uno de ellos. En el fondo también estoy loco. Comencé por aprender a dibujar y luego aprendí a diseñar espacios, la esencia real del arquitecto. Luego adquirí otras destrezas y habilidades, como saber manejar las texturas, los colores, las formas, la estructura, el presupuesto. El oficio abarca mucho y debí aprender de todo. Tuve que abarcar mucho y apretar muy fuerte. Es un oficio diversificante, más que especializado. Luego entendí que el mejor arquitecto es como el mejor director de orquesta: lleva el tiempo, el ritmo y la fuerza de todos los músicos juntos. Es el soplo de inspiración, es el líder al que hay que seguir. El arquitecto debe ser un profesionista incansable y siempre estar atento a lo que sucede o lo que puede suceder. Es profeta, es visionario. Todo esto me fue enganchando irremediablemente. Después de comenzar haciendo planos para proyectos que frecuentemente mis profesores me rayaban o me destruían sin remedio gracias a sus acertadas correcciones, aprendí a ser yo, el nuevo arquitecto en potencia que vivía realmente dentro de mí. Cuando uno es joven el orgullo no nos deja respetar a los profesores y con el tiempo nos damos cuenta de que durante la carrera no sabíamos nada y queríamos mandar en el proceso de aprendizaje. La lección aquí es que debemos de estar abiertos a absorber todo conocimiento con humildad. Esta humildad la veo poco presente en las aulas universitarias. La humildad nos puede llevar rápidamente a la maestría en cualquier ámbito del conocimiento humano. No nos damos cuenta de su alto valor. Tratamos de absorber todo y de todos a través de todos los sentidos.


Siempre fui ratón de biblioteca. Por ejemplo, recuerdo que sacaba copias de todos los libros que me gustaban de la biblioteca de la escuela y me las llevaba para leerlas en casa; ya traía el gusanito de la lectura frecuente de temas adicionales a los programas educativos. Toda la información la devoraba enseguida. Leía en cualquier parte y a toda hora. Estudié la carrera de arquitectura formalmente y además fui autodidacta en muchos campos relacionados con ella, costumbre que tengo hasta el día de hoy. El arquitecto, como cualquier hombre, nunca debe dejar de aprender, pues el hombre que deja de aprender está muerto. La actualización es un imperativo de nuestra profesión y de todas.



Rosario Gutiérrez. (2022) OFARQ III [Ilustración], Recuperada el 18 de mayo de 2022.


Planos, maquetas, relieves, esculturas, poemas, ensayos, todo lo vimos y lo analizamos durante la carrera de arquitectura. El arquitecto es un soldado que nunca debe rendirse. Es un soldado que quiere ser comandante y que muchas veces ni parque tiene para la guerra, pero tiene que disparar. La lucha es diaria: la compra de materiales de calidad y los pagos de colegiaturas en tiempos de crisis económica, el intercambio de ideas, la búsqueda de ayuda con los compañeros o la petición de constantes consejos a los mejores profesores a deshoras, todo es formativo. La arquitectura ya no era un ente extraño, ya había pasado a ser parte de mi vida y nunca me ha vuelto a soltar. Finalmente, uno empieza a hablar como arquitecto, vestirse como arquitecto, comportarse como arquitecto, proyectar como arquitecto, fastidiar como arquitecto. La gente nos ve raro y hasta puede preguntar a nuestros padres: “¿Qué le ha pasado a tu hijo?”


La carrera nos va comiendo como si de un monstruo hambriento y feroz se tratara. Realmente lo es. Luego nos enamoramos de ella y se vuelve una pasión incontrolable. Pasión por descubrir, pasión por leer, pasión por viajar, pasión por soñar, pasión por charlar, pasión por aprender todo lo relacionado con la arquitectura para finalmente convertirla en la esposa ficticia. Por eso siempre les digo a mis alumnos o colegas que no cualquier mortal estudia arquitectura, solamente los que tienen pasta de campeón. Acabar arquitectura es como ganar una medalla para México en las olimpiadas. Muchos se quedan en el camino. Recuerdo que en primer semestre entramos cerca de 120 alumnos y cinco años después nos graduamos menos de treinta. Hoy tal vez solamente la quinta parte de ese total ejercemos la carrera realmente. El arquitecto es como el alpinista que llega a la cima del Everest. La carrera va decantando y forjando a las personas para dejar solamente a las más aptas para sobrevivir, ésas que son todo terreno.


Yo descubrí mi vocación de arquitecto recorriendo el camino sin profundos exámenes previos, solo tomé el camino que me gustaba más desde los doce años de edad. Pero no fue nada fácil, y muchas veces quise tirar la toalla. Sigo agradeciendo a Dios por permitirme ser arquitecto y elegir el camino correcto. Sigo locamente enamorado de mi carrera. La arquitectura, más que una carrera, es pues una vocación. Con los años también entendí que es un oficio en el que debemos prepararnos constantemente para mantenernos competitivos. La sociedad ya no merece tener arquitectos light o de segunda. Los verdaderos arquitectos deben saber y aprender de todo: arte, literatura, pintura, escultura, cultura, identidad, historia, textiles, texturas, asoleamiento, vientos, humedad, color, urbanismo... El arquitecto debe aspirar a ser un profesionista culto. Esto fortalece su capacidad de convencimiento. Todo este conocimiento, más la acumulación de experiencia que dan los años, hace de un excelente arquitecto algo similar a lo que sucede con los vinos: entre más viejo es mejor; entre más añejado es mejor; entre más experimentado sea el arquitecto, realizará mejores proyectos y esto ha sido comprobado completamente. El arquitecto es un poeta y un creador de espacios además de un profesional que se apoya en diversos campos de la técnica. Cada arquitecto desarrolla su propia visión para resolver los problemas que se le presenten en el día a día. El arquitecto no es mero constructor como casi todos piensan, es un verdadero creador de libros construidos, de espacios llenos de significado. La diferencia entre un constructor y un arquitecto es el concepto. Conceptos que son el alma de cualquier proyecto y que tocan lo mejor del arte que conmueve hasta las lágrimas. La arquitectura es una expresión cultural. Me gusta decir que la excelencia debe ser nuestra meta desde el punto de vista profesional y siempre hay que buscarla, pero me gusta más la definición poética de mi amigo Fernando González Gortázar (Premio Nacional de las Artes de México): “El fin último de la arquitectura es brindar felicidad”. Nada mejor que una definición breve y al grano. Nuestros edificios y nuestras casas deben de hacer felices a todos sus habitantes. La arquitectura no debe de satisfacer nuestros egos (que en el caso de los arquitectos hay unos muy grandes). La arquitectura debe ser vista como una promesa de felicidad.



Rosario Gutiérrez. (2022) OFARQ IV [Ilustración], Recuperada el 18 de mayo de 2022.


Me gustaría ser uno de esos arquitectos que pudieran hacer felices a sus clientes con propuestas no del todo innovadoras o basadas en una moda pasajera, sino ser parte de una arquitectura de verdad: sobria, elegante, atemporal, conceptual, bella. Crear la verdadera arquitectura es difícil en un entorno desfavorable como el nuestro, pero es posible. Antes hay que ver mucho, estudiar mucho y empujar mucho.


Hoy los jóvenes estudiantes y arquitectos se dejan llevar por la arquitectura de la “ilimitada ostentación”, por una arquitectura invadida por el marketing, la moda y la frivolidad. Se dejan llevar por el ruido y las pocas nueces, la arquitectura como pasarela, como si fuera un producto inhumano, frío y vil, así que lo mejor es ir en dirección contraria. La arquitectura de peso tiene alma, espíritu y es inolvidable. Sólo reflexionemos un poco y pensemos en edificios o casas que nos hayan emocionado profundamente, francamente son muy pocas los que uno puede visitar en la vida con esa cualidad. La arquitectura está presente muy pocas veces en nuestra vida cotidiana. ¿Por qué? Reflexiona. Realmente vivimos en una realidad en donde la arquitectura es un artículo de lujo cuando debería de estar presente, con o sin recursos, en todos los ambientes de la vida de las sociedades actuales. La arquitectura nos da la felicidad que necesitamos en un mundo lleno de caos y de fealdad cada vez más generalizados. Además de lo anterior, los arquitectos debemos aspirar a hacer más proyectos sociales que resuelvan los problemas que tenemos en las ciudades y que son ya muchos. El arquitecto debe dejar de ser una vedette y convertirse en un hombre o una mujer profundamente sensibles hacia su entorno y tratar de cambiarlo radicalmente.


Hoy más que nunca los valores y la ética en nuestra profesión son también fundamentales. La formación humana y espiritual son también sin duda un salvavidas para el arquitecto. Se necesitan arquitectos más humanos y mejores profesionales, y de la mano de una seria y exigente formación académica debemos aspirar a adquirir una formación espiritual exigente. La sociedad necesita de arquitectos formados integralmente. Nuestras sociedades están sufriendo por la generalizada ignorancia espiritual que nos puede llevar a ser profesionistas incompletos, mochos. Así pues, la formación de arquitectos no se debe fundamentar sólo en lo académico. El título de licenciatura ya no es suficiente y diría que el de maestría tampoco. Para esto la formación integral es de vital importancia. Un arquitecto con formación en valores siempre podrá aspirar a ofrecer lo mejor de sí a la sociedad.


Por otro lado, esta aventura que fue estudiar arquitectura finalmente nos lleva a madurar y a entender que la vida no es nada fácil. Todo en ella es sacrificio. El arquitecto se forma intensamente con profesores buenos y malos. Debemos tomar solamente lo bueno de ellos e incluso, si podemos, superarlos, ese es el reto. Pero yo me quedo con los profesores inolvidables que casi siempre fueron los más exigentes. Esos que te enseñan siempre, que te aconsejan frecuentemente, que son casi como tus padres, esos profesores a los que nunca se les paga lo que se debe y que aman lo que hacen. Esos que realmente nos quieren, aunque nunca nos lo digan. Esos que por su inspiración y por su impulso nos han llevado a insospechadas alturas. Finalmente viene la graduación y nos topamos de frente con la dura realidad. El aprendizaje fue doloroso y la vida profesional es una lucha muchas veces más complicada que la vida universitaria. La vida real es esfuerzo y alegrías, esfuerzo y decepciones, es la vida misma.


La arquitectura, al ser una de las últimas profesiones generalistas que pueden desarrollar diversas actividades. La profesión está llena de oportunidades. Para los gustan de la arquitectura el hambre de aprender no termina con la universidad, la graduación apenas es el comienzo de una etapa para llegar a ser un mejor arquitecto, un excelente arquitecto. La sociedad desconoce mucho todo lo anterior. La arquitectura compete a todos desde el momento en que dormimos en una casa, no sólo les compete a los arquitectos, a especialistas. Por eso debemos de tenerla más presente en nuestras vidas si queremos tener un mejor nivel de vida y de esto también depende nuestra felicidad. Nuestra sed de belleza puede ser saciada en la fuente donde mane arquitectura. Vivimos en ciudades que necesitan urgentemente de arquitectos y ciudadanos de primera categoría, si tuviéramos esa sola aspiración deberíamos de tener mejores obras en el presente y el futuro. Debemos además de revalorar el oficio del arquitecto que tanto amamos los que nos dedicamos a esto. Un oficio que es fundamental para el rescate de nuestras ciudades hoy tan denigradas. La arquitectura puede ser la plataforma del cambio que tanto necesitamos.



Rosario Gutiérrez. (2022) OFARQ V [Ilustración], Recuperada el 18 de mayo de 2022.


Por eso los arquitectos debemos saber que nuestro presente y futuro radica en la actitud que tomemos ante la vida, en trabajar intensamente y vencer siempre el desánimo. El optimismo se vuelve arma poderosa para salir adelante ante cualquier obstáculo. Debemos esforzarnos por seguir buscando oportunidades, nuevos proyectos, nuevos negocios y nuevos contactos para el bien común. Por lo tanto, el arquitecto merece ser más valorado por la sociedad gracias a su amplio abanico de posibilidades y, sobre todo, porque persigue el noble objetivo de hacernos felices con su trabajo.


*Jesús Armando Tovar Rendón (Torreón, Coahuila, 1975). Es arquitecto, bibliófilo y es además aprendiz de escritor. Estudió la licenciatura en Arquitectura en la Universidad Autónoma de Coahuila. Apasionado por la obra de Luis Barragán. Ha sido catedrático de varias instituciones de la región en el campo de la arquitectura, de negocios y de otras áreas del conocimiento. Ha publicado artículos sobre arquitectura y otros temas en la revista Siglo Nuevo del periódico El Siglo de Torreón, el ITESO de Guadalajara y Neutra Surviving through Design Institute de los Ángeles, California, entre otros. En el año 2017 impartió más de 60 conferencias y talleres en la región lagunera y otros lugares de la República Mexicana. Recientemente presentó su primera novela en la Alianza Francesa de Torreón: La casa de los tres patios. Su despacho Tovarendón+Arquitectos fomenta la arquitectura mexicana y regional por medio de una profunda preparación en el ámbito de la cultura, fundamento de sus proyectos. jatovarendon@yahoo.com


** Estudiante de Arquitectura por la Facultad de Arquitectura UNAM, con interés en la crítica arquitectónica y Conservación del Patrimonio. Colaboradora activa en Salón Virtual de Arte y Agua Ardiente Estudio. Actualmente realizando servicio social en FundarqMX

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