Pensar el yo-ecológico en el entorno urbano

Actualizado: 26 may

Escrito por Ana Isabel Garduño* Ilustrado por Grecia Gómez Crisóstomo** FundarqMX**


Grecia Gómez Crisóstomo. (2022) PYEEU I [Ilustración]


¿Cómo pensamos el devenir humano en una época de crisis permanente? En medio de una pandemia se perfila una inevitable crisis económica a nivel nacional e internacional, las protestas políticas y sociales no paran a lo largo y ancho del mundo, y de forma avasallante el cambio climático envuelve y supera cualquier otra vicisitud humana.


La intención del escrito es poder sugerir una propuesta tomando como punto de partida el pensamiento del yo-ecológico ideado por Arne Næss, aplicándolo al entorno hostil y siempre mutante que supone una ciudad. De esta forma, se podrá analizar en primera instancia el desenvolvimiento entre un yo, medio ambiente y ciudad a partir de los planteamientos de la Ecología Profunda y la Ética de la Tierra, propuesta por Aldo Leopold. En esta intersección de teorías se busca develar cómo nos podemos entender como parte de un todo sin estar en contacto directo con lo denominado de forma general como la naturaleza.


En la conceptualización del yo-biológico existe como paso previo la necesaria trascendencia del ser, en donde a partir de un proceso de autorrealización, la madurez integral de los humanos facilita los actos de identificación con todo tipo de seres vivos[1]. Dicho proceso no puede reducirse a una sola perspectiva, Næss enuncia que hay “(…) infinitas variaciones entre los humanos según las diferencias culturales, sociales e individuales. Esto hace que el término clave de autorrealización sea abstracto en su generalidad.” [2]


Grecia Gómez Crisóstomo. (2022) PYEEU II [Ilustración]


Si bien el concepto necesita ser ambiguo para su ejecución, es posible entenderlo si lo relacionamos con un aspecto y estadío cercano a nuestra existencia: la alegría que experimentamos al vivir. Ésta se incrementa a través de una mayor autorrealización de nuestros propios potenciales, aunque no se apliquen de la misma manera a todos los seres vivos.[3] Entendemos entonces que las personas no son sólo individuos distintos entre sí que conforman sociedades, sino que están insertos en ecosistemas complejos que se componen de cuerpos vivos y no-vivos (agua, tierra, minerales, etc.). Næss afirma que la máxima de la ecología “todo va unido” se aplica al ser y a su relación con otros seres vivos y su entorno natural a lo largo de la historia.[4] Es de gran relevancia la palabra que sugiere el filósofo noruego de “ecósfera” en lugar de “biósfera”, más adelante retomaremos esta característica de la Ecología Profunda.


La intrínseca relación entre todo ser vivo y no vivo tiene su trascendencia en el ser cuando tenemos la capacidad de identificación con el todo, siendo parte de éste y aceptando que todo cambio realizado y realizable me afecta de alguna manera, la íntima correlación es fundamental para la realización del yo-ecológico. Ahora bien, ¿Cómo podemos entender un yo-ecológico en la ciudad?


Las ciudades son escenarios complicados para la trascendencia del yo como parte de un todo, pues si retomamos lo señalado anteriormente, los ecosistemas se conforman de elementos vivos no-humanos y elementos no-vivos, esto en conjunto es denominado por Næss como ecósfera, pues a diferencia de la biósfera, ésta presenta elementos que no presentan las mismas características orgánicas para lo que se entiende en occidente como lo vivo[5], sino que son conformantes de vida.


De esta forma, los procesos vivenciales que se desarrollan en las ciudades presentan complicaciones particulares para lograr el trascendimiento del ser y, por lo tanto, del yo-biológico. En las ciudades existe un claro desplazamiento de los elementos naturales para ser reemplazados por materiales de construcción como el cemento o el yeso, los cuerpos de agua fueron entubados para abastecer la densa demanda poblacional y diversos organismos vivos no-humanos fueron expulsados de sus hábitats naturales.


Sin embargo, la ciudad va más allá de lo físico, “...la ciudad es en sí misma el símbolo poderoso de una sociedad compleja.[6] En ella están inscritas estructuras sociales, económicas, políticas y culturales que construyen entre sí un complejo entramado social que trasciende la misma convivencia humana. Las redes relacionales configuran también espacios de existencia. Podemos, como un primer acercamiento, retomar las diferencias entre lo que se entiende por ciudad y por lo urbano, tal como señala el historiador del arte y antropólogo catalán Manuel Delgado:


La ciudad no es lo urbano. La ciudad es una composición espacial definida por la alta densidad poblacional y el asentamiento de un amplio conjunto de construcciones estables. Una colonia humana densa y heterogénea conformada esencialmente por extraños entre sí. La ciudad, en este sentido, se opone al campo o a lo rural, ámbitos en que tales rasgos no se dan. Lo urbano, en cambio, es otra cosa: un estilo de vida marcado por la proliferación de urdimbres relacionales deslocalizadas y precarias.[7]


Por otro lado, el urbanista Kevin Lynch apunta que la ciudad es un organismo en constante transformación, es un conjunto de engranajes complejos que involucran al espacio, lo social, lo político y por supuesto, lo económico. Por otro lado, lo urbano se traduce como mucho más que la traza urbana, abarca el tipo de relaciones sociales que se establecen y desaparecen en el espacio así como la forma en la que utilizamos y habitamos la ciudad. De esta forma, se puede percibir la necesaria convivencia entre una masa densa y heterogénea de personas así como con el medio que les rodea, el cual podemos distinguir rápidamente entre un dentro y un afuera.


La relación que tenemos con el espacio público es momentánea, lo utilizamos por motivos de movilidad, recreación, de protesta, etc. Empero, las relaciones que se tejen en el espacio de caótica convivencia armoniosa dotan de significación a determinados espacios, los cuales son sometidos a distintas percepciones y hábitos. En otras palabras, los millares de ciudadanos que experimentan la ciudad crean nuevas imágenes de ella continuamente.


La relación que tenemos con y en la ciudad parte de un constante ir y venir de significados, Lynch indica que es necesario generar experiencias dentro de la metrópoli para llevar a cabo un proceso de vinculación con la misma. Esto demuestra que el entorno adquiere significado y existencia urbana a partir de la perspectiva, presencia y significado que le otorga el sujeto, esto es, una visión principalmente antropocéntrica. Podemos entonces percibir de forma inmediata que las ciudades y por lo tanto, lo urbano, lo entendemos de forma completamente humana, el espacio representa un elemento que se significa y está a la disposición de las personas.


Los intereses económicos y políticos son los que definen la convivencia dentro de la ciudad, dejando a un lado las necesidades que podamos tener como personas. En este modelo urbano, se valoran las relaciones sociales por su capacidad de ser más rápidas, accesibles e impersonales. El interés de relacionarse no funciona en términos de humanidad sino de economía, tal como apunta Leopold en la Ética de la tierra, “(...) un sistema de conservación basado únicamente en el interés económico propio está desequilibrado sin remedio.” Esto nos lleva a la siguiente pregunta: ¿cómo podemos pensarnos en comunidad dentro de la ciudad? ¿Cómo podemos pensarnos como parte de un todo si las relaciones dentro de la propia especie humana son tan frágiles?


Grecia Gómez Crisóstomo. (2022) PYEEU III [Ilustración]


Una red relacional humana basada en encuentros convenientes a un sistema económico se traduce a una débil estructura comunitaria, lo cual conduce a un escaso sentido de comunidad, de participación y de empatía. Los lazos fuertes entre comunidades dentro de las ciudades son escasos porque no son convenientes y no son siquiera pensados, el “orden caótico” vela por un mejor y mayor flujo de bienes y servicios que se puedan reflejar económicamente, los cuales pocas veces se reflejan en la vida cotidiana del común y los espacios que recorre.


Parece que nos encontramos en un eslabón sin fin denominado por Leopold como los añadidos posteriores a la ética primitiva sobre la relación entre el individuo y la sociedad.[8] Insertos en un entorno concebido desde lo público y lo privado a partir de sus interiores y exteriores, ¿cómo podemos pensarnos como un todo sin estas divisiones?


Grecia Gómez Crisóstomo. (2022) PYEEU IV [Ilustración]


A primera instancia, parece que la propuesta del yo-ecológico de Næss es inviable dentro de las ciudades que hoy en día existen y persisten; sin un sentido de comunidad parece absurdo considerar siquiera el trascender del ser como parte de un todo integral: la ecosfera. ¿Pero no es justo la carencia de algo una oportunidad de existencia? Parece que es justo este vacío lo que puede permitir otro tipo de pensamiento hacia la integración e identificación con otras formas de vida y el medio ambiente. Apuntemos, como agente homologador, que Lynch concibe la ciudad como un medio ambiente también, en La imagen de la ciudad señala lo siguiente:


La estructuración y la identificación del medio ambiente constituyen una capacidad vital entre todos los animales móviles. Para ello se usan claves de variados tipos: las sensaciones visuales de color, forma, movimiento o polarización de la luz, al igual que otros sentidos, como el olfato, el oído, el tacto, la cinestesia, la sensación de gravedad y quizás de los campos eléctricos o magnéticos.[9]


Al entender que la ciudad es también concebida como un medio ambiente podemos traspasar la primera frontera de lo que comúnmente se entiende por naturaleza. Næss señala que “… estamos en, y somos de, la naturaleza desde el principio de nosotros mismos.”[10] No se busca decir que la ciudad es natural sino que los humanos son parte de la naturaleza misma y ésta se encuentra aún en entornos que han desplazado formas que reconocemos inmediatamente como parte de la naturaleza. El desplazamiento de los hábitats originarios no simboliza la inexistencia de éstos sino que refleja la acción directa que se tuvo sobre ellos para construir otras formas de vida.

Los gigantescos rascacielos no sustituyen la enormidad de la montaña, sino que plasman las acciones que se han llevado a cabo en la ecosfera. En este caso, la no visión de algo no es su inexistencia, sino su transformación. Si suponemos que las personas en las ciudades no pueden ejecutar la trascendencia del ser hacia el yo-ecológico por su distancia con otras formas de vida, sería anular desde un inicio el principio de que todo está relacionado con todo, y por lo tanto, implicaría reducir la totalidad misma, lo cual sería imposible.


Tomando como factor principal la poca integración social, ¿no podríamos entonces guiar la construcción de identificación hacia algo más allá de la sociedad humana misma? Ante este cuestionamiento, es posible y necesario ejecutar visiones que nos permitan identificarnos como parte de un todo. “Se ignora en gran medida nuestro entorno inmediato, nuestro hogar (al que pertenecemos como niños) y la identificación con los seres vivos no humanos.”[11] Al concebir a las ciudades como espacios apartados de lo que entendemos como “naturaleza” o “medio ambiente” reducimos las acciones contra la inminente crisis climática que nos envuelve. La división de entornos genera grietas en el entendimiento del todo, por lo que vemos las acciones estatales, de inversionistas y propietarios privados y de las personas (dentro y fuera de las urbes) como individuales y aisladas, cuando en realidad convergen unas con otras.


Las acciones que se pueden tomar desde las ciudades son importantes a toda escala porque todo está dialogando y afectando a todo, si bien de manera no inmediata sí eventualmente. La carencia de una fuerte comunidad se replica incesantemente porque el espacio en el que se desenvuelve está hecho para tener encuentros efímeros, provocando flujos continuos de gente, servicios e información. Si retomamos la capacidad plástica de la ciudad para ser comprendida e interpretada desde diversos puntos de enunciación y experiencia podríamos generar espacios de oportunidad para la identificación con el entorno a nivel local y global a partir de los principios igualmente ambiguos de Arne Næss, siendo el primero de éstos la autorrealización.


Grecia Gómez Crisóstomo. (2022) PYEEU V [Ilustración]


De esta forma, podríamos generar acciones que se involucren en nuestra vida cotidiana desde nuestro propio lugar, entendiendo que el sitio no se encuentra aislado sino en comunicación con todos los demás. Pensar cambios globales resultaría la mejor solución para apaciguar la crisis climática, pero son también difíciles de realizar. Es por ello que la acción desde nuestro propio lugar es la solución más asequible,


La autodeterminación, la descentralización, la comunidad local y pensar globalmente, actuar localmente, seguirán siendo términos clave en la ecología de las sociedades humanas, pero la realización de cambios profundos requiere una acción cada vez más global en el sentido de actuar a través de todas las fronteras.[12]


Es por ello que las ciudades, al tener una densa concentración de gente, podrían generar cambios de gran incidencia a nivel local y global, entendiendo primero que son parte de un todo y no llevando a cabo programas que busquen únicamente la integración social, pues ésta resulta complicada y propensa al fracaso en un entorno que no la promueve.


La identificación funciona en cuanto podemos percibirnos similares, si éstas características las buscamos en aquello que podría ser el resultado tiende a ser incompleto, pues el proceso hacia la identificación puede cambiar y mutar a otros resultados; pero si partimos que se tiene un mismo origen y que estamos insertos en una red dialogante, el resultado puede ser muy distinto.


[1] Næss, Arne. (2008) The Ecology of Wisdom. [2] Næss, Arne. (2008) The Ecology of Wisdom. [3] Næss, Arne. (2008) The Ecology of Wisdom. [4] Næss, Arne. (2008) The Ecology of Wisdom. [5] Næss, Arne. (2008) The Ecology of Wisdom. [6] Lynch, Kevin. (1960) La imagen de la ciudad. [7] Delgado, Manuel. (1999) El animal público: hacia una antropología de los espacios urbanos. [8] Delgado, Manuel. (1999) El animal público: hacia una antropología de los espacios urbanos. [9] Lynch, Kevin. (1960) La imagen de la ciudad. [10] Næss, Arne. (2008) The Ecology of Wisdom. [11] Delgado, Manuel. (1999) El animal público: hacia una antropología de los espacios urbanos. [12] Næss, Arne. (2008) The Ecology of Wisdom.


*Ana Isabel Garduño (Ciudad de México, 1998) es egresada en Estudios e Historia de las Artes por la Universidad del Claustro de Sor Juana (2021). Realizó estudios universitarios en Historia del Arte en Córdoba, España durante los años 2019-2020. Formó parte del seminario en torno a estudios decoloniales en las artes ¡De adversidad vivimos! impartido por el investigador Joaquín Barriendos en el Museo Jumex. Actualmente es asistente editorial y curatorial en Temblores Publicaciones.


**Grecia Gómez Crisóstomo, actualmente realiza su servicio social en FundarqMX. Estudió la carrera en la Facultad de Arquitectura de la UNAM con línea de interés en Expresividad Arquitectónica. Entre sus intereses destaca la ilustración y el diseño de identidad, en busca de crear nuevas experiencias, que, a través de las artes visuales permitan a las personas ver y sentir una realidad diferente a su rutina.

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