Los grandes cines de la ciudad que se han ido

 

OPINIÓN. Las salas cinematográficas de principios de siglo XX están desapareciendo. Sólo quedan como parte de la memoria colectiva.

 

El patrimonio entendido como memoria presente ha dado paso paulatino al recuerdo imaginario. Eso está activo en estas reflexiones, lo que se fue o se ha ido con el tiempo. Pero el tiempo es una medida y no una acción, la destrucción de lo que ya no tenemos y que atesoramos en el recuerdo, fue manufacturado y luego se ha desvanecido por acciones humanas... a lo largo del tiempo.

Pensemos en lo que una ciudad guarda a lo largo de sus etapas de edificación y consolidación, así como lo que desaparece en los procesos de cambio y transformación. Ahí, en el quehacer cotidiano se construye el patrimonio, primero como materia y luego como símbolo. Los códigos que utilizamos hoy, se nutren de lo que aceptamos como valioso para la cultura y por ende lo que debería permanecer, primero como símbolo y luego como materia.

Es peculiar el carácter que puede tener todo aquello que pensamos debe permanecer. Lo edificado, sus valores y el significado que le damos. En sentido estricto caminar por el territorio, caminar por la urbe es un camino entre lo geográfico, lo topológico y lo arqueológico, en donde la construcción de la historia de la ciudad representa una oportunidad para descubrir las permanencias que nos vienen del pasado. En cada sitio, en todo recorrido, en todo asentamiento humano, uno encontrará referencias de todo tipo, cultivadas socialmente.

 

Así, hoy un antiguo río o arroyo, la accidentada topografía de una loma, un asentamiento precolombino, el paso de los canales de agua potable, los confines de una propiedad agropecuaria, los límites para la administración pública; esos y tantos otros son referentes de las huellas que construyen, delinean o alimentan lo que llamamos un tejido urbano. Sin embargo, esa trama se compone también de la voluntad humana, tanto en la búsqueda de una solución pertinente, el aprovechamiento de recursos, la aplicación de los criterios en boga, como el proyecto urbanístico y la construcción material de la arquitectura que va perfilando a la ciudad.

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La ciudad misma es referente y huella sobre la cual se muestran, y en ocasiones se esconden, todos y cada uno de esos tejidos que arman la trama. La ciudad y el territorio, la cultura y la natura se manifiestan como factores para tantas relaciones sociales, muchas de ellas de carácter cronológico, crónico, generacional. Y uno puede detenerse a cuestionar sobre cuáles fueron las maneras que el hombre social se planteó para construir estos entramados físicos, para el desarrollo de sus relaciones privadas y colectivas.

Tomemos por ejemplo los cines, aquellos inmuebles que hace 100 años empezaron a ganar terreno en el perfil de la ciudad y en el gusto del público. Como todo, su valor no residía sólo en sus características o cualidades materiales, sino también en lo que ahí sucedía. Las salas se convirtieron en referentes de la recreación en la vida urbana y símbolos de vida colectiva. Su paulatina consolidación permitió que se construyeran ejemplos maravillosos de arquitectura, al tiempo que se convirtieron en referentes urbanos.

 

Si hablamos de cine,120 años podrían ser la referencia que une a los siglos XIX, XX y XXI. Es el tiempo que las películas han estado presentes en la vida de nuestras sociedades y que al paso del mismo generaron una suerte de cambio civilización. El avance de los medios, virtuales en su ser y hacer. En este proceso, la asimilación de historias narradas en imágenes requirió de un lugar para expresarse y poder ser compartida en la vida social. 

Eso fue el recinto cinematográfico, la sala de proyección que poco a poco se hizo parte de las urbes en el mundo y en México. En los albores del siglo XX este país se abría paso a una suerte de vida moderna, en donde los avances tecnológicos eran parte de una revolución, que fue materializada en una arquitectura novedosa. La incipiente industria cinematográfica no sólo producía películas sino también provocaba espacios para filmar (los estudios) y para exhibir (los cines). Muy pronto, en lo social se define la necesidad de "ir al cine" (el lugar) para "ver cine" (la película).

En nuestro país se inicia la construcción de los cines, que gradualmente compondrán un nuevo perfil urbano que responde a la aceptación popular. Desde la primera década del siglo XX este tipo arquitectónico aparecerá con el nombre genérico de cine y su segundo nombre será la alusión o insinuación de algo. Nombrar, poner nombre, establecer un término, un concepto, una palabra que se apropie o dé sentido a las cosas y a sus cualidades, para hacerlas conocer y distanciarlas de otras. Nombrar es distinguir la diversidad y clarificar las diferencias. Nombrar es reconocer aquello que nos rodea y que a través del nombre caracterizamos. 

 

Así, tendremos en los cines esa posibilidad, con el que se bautizará un universo tan amplio como Alameda, Alarcón, Allende, Arcadia, Ariel, Atlas, Azteca, Cairo, César, Colonial, Corregidora, Cosmos, Diana, Edén. Elvira, Encanto, Ermita, Estadio, Florida, Galaxia, Géminis, Gloria, Granat, Imperial, Leo, Linterna Mágica, Lumière, Lux, Maya, Moderno, Monumental, Nacional, Odeón, Opera, Orfeón, Othón, Palacio, Paraíso, París, Plaza, Progreso Mundial, Real, Reforma, Roble, Savoy, Teatro, Teresa, Titán, Triunfo, Variedades, Villa, Virgo, Zapata y así hasta los cientos, o quizá miles.

 

Todos ellos fueron edificios de gran carga monumental, con fuerte impacto urbano y gran aceptación social. Un negocio para los empresarios, pero un equipamiento popular, en donde las capacidades fueron primero de cientos de butacas hasta llegar a los miles de localidades en muchos de ellos. Como no pensar en eso cuando hubo un cine, el Florida, que se inauguró con 7500 asientos.

Con esos nombres se vinculaban tanto el diseño y la construcción como la alegoría a un mundo imaginado, en edificios que plasmaron tendencias entre el eclecticismo historicista, los imaginarios neocoloniales y exuberancias exóticas, las soluciones dentro del art déco y la modernidad de su última etapa. Se puede decir que en lo arquitectónico las cuestiones funcionales, formales, espaciales y tecnológicas fueron entendidas y resueltas por los arquitectos y otros especialistas que colaboraron en equipos multidisciplinarios.

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Durante el siglo XX las ciudades se expandieron y una visión policéntrica se apropió de ellas, con el cinematógrafo como una clara muestra de la deslumbrante y gozosa vida colectiva. La sociedad compartía el gusto por el cine y contaba con espacios para disfrutar esa vida común. En la producción cinematográfica se entrelazaban diferentes formas científicas y artísticas, pasando por las artes escénicas y la literatura o la música, pero también las artes plásticas y la arquitectura. En ese sentido, la propuesta arquitectónica y urbana de los cines se convirtió en parte del espectáculo, por lo que se supieron integrar a la dinámica de la vida citadina.

 

Paulatinamente los cines se han ido disolviendo, agrupándose en primero en un acervo arquitectónico, que se mantiene con vida hasta que van quedando poco a poco en el olvido. La vida social ha tomado nuevos rumbos, con formas de divertimento multiplicadas, ante las cuales los cines fueron apagando sus luces. 

Para ir al cine hoy no hay que buscar un edificio monumental; basta sólo con entrar a un conjunto comercial para buscar a lo largo de los aparadores aquél que corresponda a la oferta cinematográfica. Así, el cine es un producto que se consume en los centros comerciales. Los nombres de antaño sólo quedan en la memoria de generaciones que también van desapareciendo. Y salvo en memorias y documentos escritos, podemos hablar definitivamente de la pérdida de un patrimonio material de la cultura urbana, arquitectónica y cinematografía.

 

En un poema de fines del siglo XIX (1894), Non Sum Qualis eram Bonae Sub Regno Cynarae, el poeta inglés Ernest Dawson decía: I have forgot much... gone with the wind, (he olvidado mucho... se ha ido con el viento) frase esta última tomada prestada para el título del libro Lo que el viento se llevó, novela escrita por Margaret Mitchell y publicado en 1936.

Parafraseando esa línea del poema, hoy en día podríamos escribir sobre nuestro patrimonio: Hemos perdido mucho... se ha ido con el tiempo.

 

*Francisco Haroldo Alfaro Salazar es profesor e investigador en la División de Ciencias y Artes para el Diseño de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco y co-autor del libro “Espacios distantes...aún vivos”.

 

 

 

 

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